Ruta Cultural del Cementerio de Sarrià. Un paseo de Mujeres
Cementerio: Sarria
Tipo de ruta: Dones
Contexto
Cementiris de Barcelona presenta la visita “Un paseo de mujeres” para conmemorar el Día Internacional de las Mujeres en el cementerio de Sarrià.
El itinerario por el recinto funerario de Barcelona permitirá acercarse a 14 mujeres que se convirtieron en pioneras en su época y que representaron un referente para las generaciones posteriores de mujeres. Sus sepulturas nos acercarán a épocas, ambientes y clases sociales diferentes, pero en todos los casos estuvo presente la misma necesidad de reivindicar la emancipación de la mujer.
Las 14 mujeres son la cara visible de muchas otras que quedaron relegadas al anonimato, pero que también manifestaron su deseo de libertad.
Introducción
Normalmente, cuando paseamos por los cementerios, la historia se ha contado a menudo a través de los apellidos de los hombres, de los grandes panteones familiares o de las figuras masculinas ilustres. Pero hoy haremos un ejercicio de rescate histórico: esta ruta se centrará única y exclusivamente en las mujeres enterradas aquí. Queremos recuperar sus biografías, sus luchas y su huella en la sociedad, a menudo silenciada por el paso del tiempo.
Historia y orígenes (c. 1843)
Para entender dónde estamos, debemos viajar en el tiempo, concretamente hasta el año 1843, fecha aproximada de la fundación de este recinto.
Hay que recordar que Sarrià, hasta que se incorporó a la ciudad de Barcelona en 1921, había sido un pueblo de veraneo de algunos de los ciudadanos más acomodados de la ciudad condal. Curiosamente, sin embargo, estos grandes propietarios se hicieron enterrar en los grandes cementerios de la ciudad, como los de Montjuïc o Poblenou. Este es el motivo por el cual en este cementerio no encontramos grandes sepulturas monumentales ni ostentosas, sino que respira un aire sencillo, cercano y de pueblo.
Conocer los orígenes exactos de este singular cementerio resulta difícil. Desgraciadamente, la documentación más antigua se perdió en un incendio que sufrió la parroquia de Sant Vicenç durante la Guerra Civil, y con él desaparecieron los archivos. El primer documento escrito que se conserva data de 1922, donde ya encontramos una lista de difuntos, así como las fichas de construcción de la oficina o los depósitos.
Si os fijáis en la estructura, el cementerio consta de dos departamentos:
El primer departamento: es el cementerio más antiguo. Tiene una planta rectangular estructurada por un eje central que va desde la puerta hasta la capilla. Los muros perimetrales contienen los nichos y en el centro encontramos los panteones. En esta primera construcción encontramos la mano del arquitecto y urbanista Francesc Renart i Arús.
El segundo departamento: es fruto de una ampliación posterior.
Nos encontramos en el corazón del barrio de Tres Torres, una zona residencial de grandes pisos y torres modernas. Y, sin embargo, en medio de estos edificios, el cementerio aún conserva su aire de pueblo, silencioso y vacío. Seguramente fueron estas características las que llevaron al escritor Carlos Ruiz Zafón a inspirarse en este lugar para un pasaje de su novela Marina. Él lo describe como un cementerio que aparece y desaparece a su antojo, precisamente por esta peculiar y escondida ubicación.
1. Panteón Dr. Josep Turell (Dep. 1, panteón 4)
Este es el ejemplo más claro del papel activo de la mujer como comitente de obras de arte.
El panteón no surge de la nada; fue encargado directamente por Remei Bergés, viuda del Dr. Turell, en el año 1930. Ella es quien elige al maestro de obras (Joan Ventura) y al marmolista (Antoni Pujol).
Remei no solo construye una tumba, sino también un mensaje. La decoración refleja una visión del mundo muy ligada a la espiritualidad femenina de la época: el Sagrado Corazón (amor de Dios) y la dualidad entre el pecado (la serpiente en la parte inferior) y el cielo (la estrella en la parte superior).
Aunque el marido era una figura muy pública, fundador de la Cruz Roja de Sarrià y político, es la viuda quien, con este templo de inspiración clásica, se asegura de que su legado perdure con la dignidad que correspondía a una familia influyente de la zona.
2. Panteón Josep Margenat (Dep. 1, panteón 8)
Aquí la importancia de la mujer reside en el relato emocional e histórico.
Josep Margenat fue un “mártir” político, asesinado en 1843 durante la Revolta de la Jamància. En un momento de gran convulsión política, bombardeos y revueltas contra Baldomero Espartero, la familia, y concretamente las mujeres, fueron quienes mantuvieron la cohesión.
El panteón destaca por sus epitafios, que constituyen casi una “obra literaria”. Hay que fijarse especialmente en la placa izquierda: es un escrito de la esposa. En una época en la que las mujeres tenían poca voz pública, aquí su voz queda grabada en piedra para la eternidad, dialogando con el marido difunto.
El matrimonio de Josep Margenat con la hija de Salvador Bonaplata no fue solo una unión familiar, sino un fenómeno que sucedía con frecuencia entre las familias acomodadas. En la sociedad del siglo XIX, las mujeres actuaban a menudo como conexiones entre linajes, y en este caso ella fue la pieza clave que fusionó dos mundos poderosos: el poder político local de los Margenat (farmacéuticos y líderes del ayuntamiento) con el capital y la modernidad industrial de los Bonaplata (pioneros del vapor y de la industria textil en Cataluña).
Esta alianza, sellada a través de ella, dotó a la familia de los recursos económicos y la influencia necesarios para impulsar las reformas liberales que modernizarían Sarrià. Sin su figura como nexo, esta acumulación de capital político y económico no habría sido posible y, quizá, Sarrià no habría dado el salto de pueblo agrícola a la villa residencial y cosmopolita que conocemos hoy.
3. Panteón Família Mumbrú (Dep. 1, panteón 9)
Este panteón ilustra cómo la burguesía, a menudo liderada desde el ámbito doméstico por las mujeres, impulsaba la alta cultura y la religiosidad.
La familia Mumbrú no solo destacó por su patrimonio, sino también por estar estrechamente vinculada al tejido asociativo de la villa, siendo una pieza clave en instituciones como la Acadèmia Josefina (el actual Centro Parroquial de Sant Vicenç) y el Orfeó Sarrianenc. Pero si profundizamos bajo la superficie de este mecenazgo, a menudo encontramos que el verdadero motor de esta vida social y cultural eran las mujeres de la familia.
Mientras los hombres figuraban en los cargos honoríficos, eran ellas quienes, desde la sombra o a través de las “Juntas de Damas”, organizaban la logística real de la beneficencia y la cultura. Ellas se encargaban de gestionar los roperos para los pobres, de organizar veladas teatrales para recaudar fondos y de mantener viva la cohesión del barrio. La cesión del local para la Acadèmia Josefina no fue solo un acto inmobiliario, sino la voluntad expresa de crear un espacio de encuentro comunitario.
Así, desde su finca de Can Mestres, estas mujeres ejercían una influencia sutil pero poderosa: convertían su estatus privado en servicio público, tejiendo una red de solidaridad y cultura que, en el fondo, era lo que daba vida e identidad al pueblo de Sarrià.
La elección de un arquitecto de renombre como August Font i Carreras, discípulo de Elies Rogent y arquitecto de la Plaça de les Arenes, y del escultor local Josep Pagès demuestra un alto nivel cultural.
La delicadeza del trabajo de tracería neogótica y los motivos florales (laurel, hiedra, campanillas) conectan con el gusto por los detalles naturalistas propios del Modernismo, un estilo en el que la figura femenina y la naturaleza eran centrales. Este panteón, elevado sobre un pedestal, no solo recuerda a los difuntos, sino que proyecta el poder de una familia que, desde su finca de Can Mestres, controlaba gran parte de la vida social de Vallvidrera y Sarrià.
4. Mª Concepción Martín i Magarola (Dep. 1, nicho, 34, piso 3)
Nos detenemos ahora ante una sepultura que representa la aristocracia más clásica de Sarrià. Aquí descansa María de la Concepción Martín Magarola (1811-1862).
Su figura es clave para entender cómo funcionaban las grandes familias de la época: las mujeres eran a menudo la pieza angular que unía títulos y patrimonios. Concepción era hija del barón de Balsareny, Ferran Martín, y de la noble Francisca Magarola. Además, a través de su matrimonio con Luis Carlos de Alós y López de Haro, se convirtió en marquesa de Alós.
Representa, por tanto, la unión de dos grandes títulos nobiliarios: la baronía de Balsareny y el marquesado de Alós. Fue madre del heredero, José Joaquín Alós Martín, quien acumularía todos estos títulos. Sin ella, la continuidad y la fusión de este poder no habrían sido posibles.
Concepción murió en 1862 en su casa de veraneo aquí en Sarrià, conocida como Can Monràs.
Esta finca, situada en la zona alta —donde hoy se encuentran las Hermanas de la Asunción—, era una de las grandes propiedades que definían el paisaje de la villa, junto con otras como Can Mestres o Can Sentmenat.
El hecho de que Concepción muriera en su casa de Sarrià y fuera enterrada en este cementerio —y no en uno más céntrico de Barcelona en un primer momento ni trasladada posteriormente por voluntad familiar— refuerza la idea de que Sarrià no era solo un lugar de recreo, sino también un lugar de vida y de muerte para estas mujeres. En una época en la que las mujeres solían quedar eclipsadas bajo la sombra del marido, esta lápida constituye un acto de reivindicación, en el que ella ostenta con orgullo su identidad y sus propios títulos. Lejos de ser un simple complemento, se erige como protagonista del linaje, rompiendo el silencio habitual para grabar su poder en piedra.
Hoy, su antigua casa ,Can Monràs, es un espacio religioso femenino, gestionado por las Hermanas de la Asunción. Es una paradoja hermosa: una casa que fue gobernada por una gran dama de la nobleza ha terminado siendo gestionada por una comunidad de mujeres religiosas, manteniendo de algún modo una presencia femenina al frente del edificio.
5. Esther Casals Alsina (Dep. 1, nicho 80, piso 1)
Cambiemos ahora de registro para detenernos ante el nicho de Esther Casals Alsina. Hasta ahora hemos hablado de mujeres que gestionaban patrimonios desde el ámbito privado, pero Esther representa una figura muy distinta: la mujer profesional, moderna y pública de la Barcelona de los años treinta.
Ella fue una actriz destacada, pero no de un teatro cualquiera, sino que formaba parte de la compañía del Teatre Studium. Este espacio, situado en la calle Bailèn e impulsado por el polifacético joyero y artista Lluís Masriera en su propio taller, era mucho más que un escenario: era un centro de vanguardia y de alta cultura. Actuar en el Studium significaba formar parte de la élite intelectual de la ciudad, alejándose del teatro más popular o de variedades para apostar por un arte más experimental, refinado y exigente, donde la burguesía ilustrada acudía para ver las últimas tendencias europeas.
El valor artístico de Esther quedó inmortalizado en la prensa de la época, concretamente en el diario republicano La Humanitat. En su edición del 15 de enero de 1935, poco antes del estallido de la Guerra Civil, el crítico le dedicó unas palabras que hoy, 8 de marzo, cobran un sentido especial. Lejos de elogiar solo su belleza o su gracia , como era habitual en las crónicas sobre mujeres, el periódico la describía como:
“La señorita Esther Casals, que en dos personajes muy distintos supo ser una actriz inteligente, sensible y comprensiva; es decir, una actriz de las que, lamentablemente, no abundan ni en los teatros profesionales.”
Este adjetivo, “inteligente”, es clave: nos demuestra que Esther no era un simple adorno sobre el escenario, sino una actriz con una profunda capacidad de análisis psicológico de sus personajes.
En este rincón del cementerio, por tanto, reivindicamos la memoria de aquella generación de artistas y trabajadoras de la cultura que vivieron el esplendor de la Segunda República, una época dorada de profesionalización femenina que quedaría trágicamente truncada por la guerra y la dictadura.
6. Ariana Benedé Jover (Dep. 1, nicho 254, piso 2)
Ariana Benedé Jover (Barcelona, 28 de octubre de 1997 – Barcelona, 2 de septiembre de 2016) fue una activista contra la leucemia e impulsora del Proyecto ARI. Diagnosticada a los trece años con leucemia linfoblástica aguda, Ariana no se conformó con ser solo una paciente; junto con su madre, Àngela Jover Montal, se convirtió en el alma y motor de un movimiento solidario imparable. Tras descubrir que en Estados Unidos existía una terapia pionera llamada CAR-T, se propusieron un objetivo titánico: conseguir los recursos necesarios para llevar este tratamiento a Barcelona e implantarlo en la sanidad pública.
Así nació el Proyecto ARI (acrónimo de Asistencia Investigación Intensiva y, al mismo tiempo, el nombre de su impulsora). Lo que empezó como la ilusión de organizar un concierto benéfico con amigas, acabó convirtiéndose en una ola de solidaridad que involucró a toda la sociedad: desde conciertos con entradas agotadas en la sala Luz de Gas hasta el apoyo de personalidades como Leo Messi o Joan Manuel Serrat. Gracias a ese empuje incansable, el proyecto logró recaudar muchos fondos, demostrando la capacidad de liderazgo de dos mujeres, madre e hija, para movilizar a la ciudadanía a favor de la ciencia y la mejora de las condiciones de los pacientes.
Aunque Ariana nos dejó en septiembre de 2016, su legado sigue salvando vidas cada día. Gracias a los fondos recaudados y a la investigación impulsada, el Hospital Clínic desarrolló el CAR-T ARI-0001, el primer tratamiento de este tipo creado íntegramente en Europa y aprobado por la Agencia Española del Medicamento en 2021. A finales de 2023, más de 300 personas ya habían sido tratadas con esta terapia, con un porcentaje de curación del 90%. En 2026, más de 530 personas han logrado ser tratadas con éxito con las versiones ARI CAR-T 1, 2 y 3, marcando un avance significativo en esta tecnología.
Hoy, Ariana no es solo un recuerdo en este cementerio, sino la fuerza vital que ha permitido que cientos de personas tengan una segunda oportunidad.
“Si todos los que ya hemos pasado por este tratamiento y los futuros pacientes que lo recibirán solo le diéramos un año de vida a Ariana, sería eterna.”
7. Panteón de las Hijas de Maria Auxiliadora (Dep. 2, panteón 1)
Nos detenemos ahora ante este panteón colectivo, un espacio exclusivamente femenino donde descansan las Hijas de María Auxiliadora, las hermanas salesianas. Es precisamente aquí, rodeados por esta comunidad de mujeres, donde debemos hablar de una figura clave para Sarrià y para Barcelona: Dorotea de Chopitea.
Aunque Dorotea no está enterrada exactamente en este panteón, su espíritu está muy presente. Fue conocida como “la limosnera de Dios”. De origen chileno y casada con el banquero Josep Maria Serra, al quedar viuda utilizó su inmensa herencia no para el ocio, sino para construir una impresionante red de apoyo social: financió hospitales (como el de Sant Joan de Déu), escuelas y talleres para la gente trabajadora.
Pero, ¿cuál es su vínculo con estas mujeres que ven aquí enterradas? Dorotea fue la gran mecenas y protectora de la orden salesiana en Barcelona. El vínculo era tan fuerte que, cuando falleció en 1891, fue enterrada inicialmente en el cementerio del Poblenou, en el panteón familiar. Pero su santidad y su conexión con las salesianas eran tan evidentes que, en 1928, una vez iniciado su proceso de beatificación, sus restos fueron reclamados y trasladados desde Poblenou hasta Sarrià.
Fueron llevados en la carroza “Estufa” (de gran lujo) hasta la capilla de la Casa de las Hijas de María Auxiliadora, en el paseo de Sant Joan Bosco, muy cerca de aquí. El hecho de que la orden quisiera tenerla “en casa” demuestra que la consideraban casi como una madre fundadora.
8. Mercedes Rosy Costa (Dep. 2, tumba 21)
Nos detenemos ahora ante una figura que nos transporta a la Barcelona más contemporánea, creativa y abierta al mundo: la de la pianista y compositora de jazz Mercedes Rossy Costa. Nacida en 1961, Mercedes representa la determinación de la artista que no conoce fronteras. Aunque tuvo una formación clásica desde niña, a principios de los años 80 sintió el llamado de la libertad del jazz y decidió dedicarle la vida. Su talento la llevó primero a Múnich y, más tarde, a obtener una beca para la prestigiosa Berklee College of Music de Boston, donde se graduó en 1992. No era solo una intérprete excepcional; era líder de banda y compositora con una voz propia que fascinó a los grandes músicos de la escena norteamericana.
En un género como el jazz, históricamente dominado por figuras masculinas, Mercedes se ganó un respeto absoluto como bandleader. Por su banda pasaron gigantes como los saxofonistas Mark Turner o Steve Wilson, con quienes giró por toda Europa. Escuchar su nombre es hablar de una embajadora cultural de primer orden que llevó el nombre de Barcelona y de Sarrià a las salas más exigentes de Nueva York y Boston, actuando junto a figuras como Seamus Blake o Antonio Hart. Su música era como ella: inteligente, sensible y rompedora.
Desgraciadamente, su estrella se apagó demasiado pronto, en 1995, con solo 34 años. Pero el silencio de este cementerio no ha podido acallar su obra. Tras su muerte, sus compañeros de generación quisieron rendirle homenaje grabando el álbum The Music of Mercedes Rossy, asegurando que sus composiciones continuaran sonando en los escenarios de todo el mundo. Una de sus piezas más emblemáticas se titula, precisamente, “The Newcomer” (la recién llegada).
9. Mercè Paniker Alemany (Dep. 2, tumba 12)
Nos encontramos ahora ante la memoria de una mujer de una dimensión intelectual y humana realmente extraordinaria: Mercè Pàniker i Alemany. Hija del empresario indio Sri Ramuni Paniker y de madre catalana, Mercè formó parte de una saga de pensadores y filósofos, hermana de Raimon Panikkar y Salvador Pàniker, pero decidió trazar su propio camino en un mundo que, en aquel momento, estaba casi cerrado a las mujeres: el de la industria química y la alta dirección empresarial. Licenciada en Ciencias Químicas en 1943, asumió las riendas de la empresa familiar, Pániker SA, dirigiéndola con mano firme durante dos décadas. En un sector tan masculinizado como el de los tintes y las colas para la industria del cuero, Mercè no solo se ganó el respeto, sino que llegó a presidir la Unión Internacional de Químicos de Curtiduría, convirtiéndose en una voz autorizada a escala mundial.
Pero su ambición no era solo profesional; Mercè creía firmemente en la capacidad transformadora de las mujeres. Tras una carrera de éxito en el sector privado, dedicó gran parte de su energía al activismo social y a la promoción de la mujer empresaria. En 1992 cofundó FEMVISIO, una entidad pionera dedicada a potenciar el papel de las mujeres en el mundo de los negocios a escala europea. Su compromiso la llevó hasta la histórica Conferencia de Pekín sobre la Mujer en 1995 y a actuar como asesora industrial para las Naciones Unidas en misiones en África, Asia y América. Mercè era la prueba viviente de que una mujer catalana podía liderar el desarrollo industrial global sin perder sus raíces.
Su legado final nos habla de generosidad y de retorno a las esencias. En honor a su padre, estableció la Fundación Ramuni Paniker Trust en el estado indio de Kerala, destinada a ayudar a estudiantes con talento pero sin recursos, cerrando así el círculo de su vida multicultural. Reconocida con la Medalla Presidente Macià y la Medalla de Plata a la mejor ciudadana europea, Mercè Pàniker descansa en este cementerio de Sarrià como un símbolo de la mujer moderna: una emprendedora incansable, una química brillante y, sobre todo, una activista que luchó para que el talento femenino fuera reconocido en todos los rincones del mundo.
10. Pilar Bertran Vallès (Dep, 2, nicho 619, piso 4)
Pilar Bertran Vallès (Barcelona, 1905–1998) fue una destacada bibliotecaria catalana por su labor en el desarrollo de la lectura pública en Cataluña. Formada en la Escola Superior de Bibliotecàries, institución creada por la Mancomunitat de Catalunya, ingresó en 1923 y se graduó en 1927 con calificación excelente, obteniendo el título de bibliotecaria, archivera y funcionaria. Su formación se vio marcada por los cambios políticos de la dictadura de Miguel Primo de Rivera, que transformaron el proyecto pedagógico original y acentuaron la castellanización administrativa.
En 1928 fue nombrada primera directora de la Biblioteca Popular de Manresa, cargo que ejerció hasta 1935. Durante los primeros meses, mientras el equipamiento definitivo no estaba disponible, trabajó en la catalogación de los fondos en Barcelona; posteriormente, la biblioteca se instaló en el Institut Lluís de Peguera. Desde esta institución impulsó intensamente la vida cultural manresana: organizó conferencias, debates y actividades de lectura, y estableció vínculos con el Ayuntamiento y el tejido asociativo. Invitó a intelectuales relevantes del momento como Carles Soldevila, Josep Maria López-Picó, Jaume Serra Húnter, Joaquim Amat-Piniella y J. V. Foix, dejando en los diarios de la biblioteca un testimonio detallado de los intereses culturales y los hábitos lectores de la sociedad de la época.
En 1935, a petición propia por motivos familiares, fue trasladada a la Biblioteca Ignasi Iglésias, en el barrio de Sant Andreu, tras recibir la confirmación del bibliotecario y organizador de la Xarxa de Biblioteques Populars, Jordi Rubió i Balaguer. En su despedida expresó la estrecha vinculación emocional con la biblioteca manresana, la primera donde había trabajado y a la que había dedicado sus ilusiones profesionales.
Continuó ejerciendo su profesión hasta la jubilación, elaborando anuarios y artículos que constituyen una fuente valiosa para la historia de las bibliotecas catalanas. Falleció en Barcelona el 13 de noviembre de 1998, a los 93 años, tras una trayectoria dedicada plenamente a la difusión cultural y al servicio público de la lectura.
11. Clementina Arderiu (Dep. 2, tumba 8)
Nos encontramos ante una de las sepulturas más visitadas y respetadas de este recinto, donde descansa la poeta Clementina Arderiu (1889-1976). Aunque comparte espacio con su esposo, el gran intelectual Carles Riba, hoy estamos aquí para reivindicarla a ella: una mujer que supo construir una identidad literaria poderosa y singular en un mundo de letras dominado por hombres.
Medio siglo después, su legado no solo no se ha apagado, sino que ha crecido. Si hace cincuenta años la voz de Clementina se apagaba físicamente en este barrio de Sarrià que tanto amaba, su poesía, aquella que ella misma definía como “la esperanza aún”, sigue latiendo con una fuerza absoluta. Estos 50 años de silencio han servido para confirmar que su obra ha superado la prueba del tiempo, consolidándola como una de las voces más libres e imprescindibles de nuestra cultura. Hoy, medio siglo después, Clementina vuelve a estar presente entre nosotros.
El estrecho vínculo con Riba fue clave en su vida, pero, como bien dijo la escritora Montserrat Roig, Clementina era una mujer hecha con la “suavidad de la porcelana y la entereza del roble”, capaz de trascender la sombra de su marido para convertirse en una de las poetas más puras y trabajadas de nuestra literatura.
Su trayectoria comenzó a brillar muy temprano, y la revista Feminal no tardó en hacerse eco. En una época en que las mujeres apenas asomaban a la esfera pública, la publicación de Carme Karr celebró la aparición de Clementina como un soplo de aire fresco, destacándola como una joven promesa que aportaba una sensibilidad novecentista renovada. Formaba parte de aquel círculo de intelectuales y artistas que se reunían en torno a la pintora rusa Olga Sacharoff; mujeres que, a través de la revista y de sus encuentros en Sarrià y Sant Gervasi, tejían una red de modernidad que iba mucho más allá de la “idealización de la vida cotidiana” que a menudo se les atribuía.
La relación de Clementina con Sarrià no era solo residencial, sino profundamente activa y creativa. Uno de los testimonios más bellos de este arraigo es su participación en el diario local La Cònsola. En esta publicación, auténtico espejo de la vida intelectual del barrio, Clementina publicaba sus poemas regularmente, a menudo compartiendo páginas y espacio creativo con su marido, Carles Riba.
Esta colaboración en La Cònsola nos muestra una faceta muy cercana de la pareja: no eran solo grandes figuras de la literatura nacional aisladas, sino vecinos comprometidos que querían hablar directamente a la gente de su entorno.
Pero Clementina no fue solo una poeta de amor y gozo; fue una mujer de resistencia. Tras sufrir el exilio en Francia durante la Guerra Civil, la pareja decidió regresar a Cataluña en 1943 para vivir lo que se llamó el “exilio interior”. Su piso en la Avenida de la República Argentina se convirtió en un refugio para la cultura catalana clandestina bajo el franquismo. Allí, Clementina continuó escribiendo obras maestras como Sempre i ara o L’esperança encara, poemas donde defendía la fe, la dignidad y, sobre todo, la condición femenina frente a un mundo que intentaba silenciarla.
Hoy la recordamos como la poeta que, entre el “hilo de plata” del oficio familiar y la fuerza de sus versos, logró construir una identidad propia y libre que aún hoy nos conmueve.
12. Emilia Coranty (Dep. 2, nicho 183, piso 3)
Llegamos ahora a un punto clave de nuestra ruta para entender la lucha de las mujeres por el acceso a la formación y al reconocimiento profesional: Emília Coranty Llurià. Emília no fue solo una pintora de gran talento, sino una verdadera pionera que rompió el primer gran techo de cristal en el mundo del arte catalán. En el curso 1885-1886, su nombre hizo historia al ser el primero de una mujer en aparecer en las listas de matrícula de la prestigiosa Escola de la Llotja de Barcelona. En ese año, entre casi 500 alumnos hombres, solo ella y Francisca Sans se atrevieron a ocupar un espacio que la sociedad de la época consideraba exclusivamente masculino.
Su carrera fue meteórica y traspasó nuestras fronteras gracias a su determinación. Fue la primera mujer en obtener una beca de estudios en Roma, una oportunidad que aprovechó para perfeccionar su técnica y que más tarde la llevaría a vivir en el París de la Exposición Universal. Pero quizás uno de sus logros más brillantes fue su participación en la Exposición Mundial de Chicago de 1893. Allí, Emília formó parte de un momento histórico para el feminismo artístico: expuso en el “Pabellón de la Mujer”, un espacio diseñado exclusivamente por una arquitecta para mostrar el talento femenino mundial, donde compartió honores con artistas de la talla de Mary Cassatt y regresó con una medalla de plata.
A menudo, la crítica de su tiempo intentó catalogar su obra como “pintura femenina” por su maestría con flores y naturalezas muertas, pero Emília demostró una versatilidad técnica extraordinaria, destacando también en el diseño de encajes, bordados y proyectos ornamentales que fueron premiados con medallas de oro. Pero si queremos entender realmente quién era Emília más allá de premios y medallas, debemos hojear las páginas de la revista Feminal. Esta publicación, dirigida por Carme Karr, no era solo una revista de tendencias; era el corazón del feminismo cultural catalán y el lugar donde las mujeres comenzaron a hablar por sí mismas.
En esas páginas que hoy recordamos, vemos a Emília Coranty en plena acción, ejerciendo una sororidad activa que iba mucho más allá de los pinceles. Su legado más grande fue su compromiso con las futuras generaciones. Como profesora en la misma Llotja y en la Escola Superior per a la Dona, luchó para que las jóvenes tuvieran una formación artística de calidad y remunerada. La revista la citaba a menudo como ejemplo a seguir. En una época en que el arte femenino se consideraba un pasatiempo, Feminal la reivindicaba como una “profesora efectiva” con salario y cátedra, una mujer que vivía de su talento y que rompía el estereotipo de la aficionada. Esta conexión con Feminal nos demuestra que Emília no era una mujer aislada. Formaba parte de una intelectualidad femenina que utilizaba la prensa para exigir el lugar que les correspondía en la historia.
Al morir en 1944, su generosidad no se detuvo: legó su propia casa y sus bienes para crear la Fundación Guasch-Coranty y los premios internacionales que todavía hoy continúan apoyando a artistas de ambos sexos.
Emília no descansa sola; está enterrada junto a su marido, el también reconocido pintor Francesc Guasch i Homs. Ambos comparten los nichos 183 y 184, una unión que simboliza el proyecto de vida y de arte que construyeron juntos y que aún perdura a través de la fundación y del legado que llevan el nombre de los dos.
13. Maria Boada Soler (Dep. 2, nicho112, piso 5)
Nos detenemos ahora para hablar de una figura que representa un cambio fundamental en la historia de las mujeres y de la salud en Sarrià: Maria Boada Soler. Vivimos en una época, a principios del siglo XX, en la que el parto y el cuidado de los niños eran considerados asuntos estrictamente privados y domésticos. Sin embargo, Maria Boada, que vivía en la calle Robert número 13, decidió romper este silencio. En 1909, consciente de que el pueblo no contaba con ninguna partera destinada a la beneficencia municipal, presentó un escrito al Ayuntamiento de Sarrià solicitando la creación de esta plaza para atender a las familias más pobres. Su nombramiento, el 14 de septiembre de ese mismo año, no fue solo un hito laboral personal, sino un acto de reivindicación social: llevó una necesidad íntima femenina a la esfera de la política y de los derechos públicos.
Este oficio de partera, que Maria ejercía con un sueldo de 150 pesetas, estaba estrechamente ligado a otra figura vital en la historia de Sarrià: la de las nodrizas. Debemos recordar que, hasta bien entrado el siglo XX, la leche materna era el único medio de supervivencia para los recién nacidos. En un Sarrià en crecimiento, las nodrizas eran mujeres imprescindibles, a menudo contratadas para amamantar tanto a los hijos de las familias acomodadas como a los “expósitos”, los hijos llamados “ilegítimos” que la Casa de la Maternitat de Barcelona enviaba a los hogares del pueblo. Este trabajo, aunque estaba estigmatizado en ciertos entornos, era uno de los oficios femeninos mejor remunerados y regulados, hasta el punto de que el alcalde de Sarrià recibía instrucciones para aumentarles el salario y así garantizar que ningún niño se quedara sin alimento.
Así, mujeres como Maria Boada Soler o su compañera Sofia Abellí, que también reclamaba servicios para la creciente “clase menestral”, fueron las primeras en exigir que la administración se hiciera cargo de la vida y del cuidado infantil. Hablar de ellas hoy, ante estas sepulturas, es reconocer la importancia de aquellas redes de mujeres que, con sus conocimientos y su tenacidad, sostuvieron la salud y la supervivencia de todo el barrio, convirtiendo lo que era una tarea “invisible” del hogar en un servicio público esencial para la comunidad.
14. Maria Rosa Virós Galtier (Dep. 2, nicho 32, piso 4t, )
Hasta ahora hemos visto mujeres que destacaban en el arte, la beneficencia o la aristocracia. Pero con M. Rosa Virós (1935-2010) entramos de lleno en el mundo intelectual y en la conquista de los espacios de poder académico. Ella representa un hito histórico reciente pero trascendental: fue la primera mujer en convertirse en rectora de una universidad catalana, dirigiendo la Universitat Pompeu Fabra entre 2001 y 2005. Parece increíble que tuviéramos que esperar hasta el siglo XXI para ver a una mujer al frente de una universidad, y fue ella quien rompió ese techo de cristal.
Pero M. Rosa no solo gestionó la universidad; la vivió como un espacio de libertad. Hija de abogado, estudió Derecho en una época oscura, donde las aulas eran trincheras contra el franquismo. Allí, junto a figuras como Josep Antoni González i Casanova, comprendió que la política era un compromiso ético. Dedicó su vida a estudiar la democracia cuando aún no la teníamos, analizando cómo votaba la gente durante la Segunda República y, más tarde, dirigiendo equipos de sociología electoral durante la Transición.
Su legado fue reconocido con la Creu de Sant Jordi y la Medalla President Macià, pero su verdadero triunfo fue abrir camino. Cuando presidió el Consell Econòmic i Social de Barcelona o cuando enseñaba en las aulas, M. Rosa Virós demostraba que la autoridad y el conocimiento no tienen género. Hoy descansa aquí, habiendo dejado una universidad más abierta y más libre que la que ella se encontró.