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Nombre y apellidos
Joan Salvat Papasseit

Barcelona, 16 de mayo de 1894
Barcelona, 7 de agosto de 1924
Hechos destacados
Joan Salvat murió, con sólo treinta años, víctima de la tuberculosis. Una enfermedad que le había acompañado de muy joven y que le hacía sentir cómo el tiempo se le escolaba entre las manos y que él explicaba a su manera.
Descripción

Es todo oscuro y yo en la cama

y me mordisquea el pecho

una bestia avara.

Ruida la noche

y yo tengo inquietud.

 

Dicen que su madre pasó todas las horas desde su muerte hasta el entierro diciéndole cosas bien bajito e incluso le cantó durante unas rato canciones de cuna. No quería dejarlo de nuevo solo. No quería que se repitiera la tragedia que vivió el pequeño Juan cuando con sólo siete años experimentó la trágica muerte en un accidente laboral de su padre, fogonero en el vapor Montevideo de la Compañía Transatlántica. La falta de recursos económicos forzó a su madre a ingresarlo en Asilo Naval junto con su hermano pequeño, Miquel.

Juan creció en diferentes barcos anclados en el puerto de Barcelona. Primero en la corbeta Mazarredo; después en la Consuelo y más adelante en la Tornado. Nunca fue a la escuela, salvo una breve estancia en los Salesianos. Aprendió a leer y escribir a trompicones. Debía trabajar, y lo hizo en oficios como aprendiz de tendero, tallista de escultura religiosa o vigilante en el Moll de la Fusta, donde hoy se levanta un monumento en homenaje sede de Robert Krier.

Ni su origen humilde ni su débil salud hacían pensar que Juan estuviera llamado a ser uno de los mejores poetas catalanes del siglo XX, pero era un rebelde enamorado de la escritura y de la belleza de las palabras. Escribía de forma enérgica e impulsiva, con un optimismo desbordante y extraño en alguien que debía llevar una vida rutinaria y reposada.

Frecuentaba la parada de libros de viejo que un bregado militante anarquista, Emili Eroles, tenía en el portal de la Santa Madrona. Allí compartía tardes de tertulia con Joan Alavedra y Antoni Palau, mientras descubría la obra de autores como Nietzsche, Ibsen o Gorki, a quien admiraba tanto que cuando empezó a publicar artículos firmaba con el seudónimo de Gorkiano.

La conciencia de clase de Salvat Papasseit se manifestó antes de que escribiera sus célebres Poemes en ondes hertzianes, puesto que puso su pluma al servicio de la causa anarquista en numerosos artículos publicados en periódicos, más bien panfletos, como Sabadell Federal o Justicia Social. Escribía con un estilo airado y describía las fábricas donde se agolpaban obreros sin apenas derechos, como prisiones del alma que evidenciaban la crisis moral de una sociedad que le repugnaba.

Algunos de estos escritos se pueden recuperar en una recopilación titulada Humo de fábrica, unas páginas de opinión con un estilo gástrico, en el sentido que nace de las tripas y que expresa la necesidad de expulsar bilis con una urgencia que le llevaba, incluso a inventarse palabras.

Su trabajo de vigilante nocturno en el Moll de la Fusta no ayudaba mucho su precaria salud, tal y como dejó por escrito en un poema:

 

He aquí: yo he guardado madera en el muelle.

Vosotros no sabéis que es guardar madera en el muelle:

Pero yo he visto la lluvia en vallas sobre los botes

Y debajo los tablones acurrucarse el destajo de la angustia

Bajo los Flandes

Y los medios

Bajo los cedros sagrados

 

Después de un breve período en prisión a raíz del artículo “Un pueblo, Portugal” aparecido en Los miserables, entró a trabajar como librero en las Galerías Layetanas y empezó a escribir poesía en catalán. En ese mismo año, en 1917, se introdujo en el mundo de las vanguardias históricas y publicó su propia revista, Un enemic del poble, fulla de subversió espiritual, donde contó con numerosas colaboraciones de los más reconocidos nombres de vanguardia catalana. Así empezó a desvincularse del pensamiento político y, poco a poco, se fraguó como poeta vanguardista y futurista. Quería ir más allá de las palabras y descubrió un nuevo mundo con los caligramas de Guillaume Apollinaire.

Dicen que al morir encontraron bajo su almohada unos originales inéditos, que se publicaron después de su desaparición bajo el título Óssa Menor y el subtítulo “fin de los poemas de vanguardia”. Había perdido la fascinación por el futurismo porque sin vida no existe futuro.